Arenas de petróleo, la realidad tóxica más contaminante del planeta
Después de la fiebre del oro en los Estados Unidos, George Bush confiesa la adicción del imperio al oro negro. Previendo la escacez en su principal proveedor, Arabia Saudita, ahora se acelera la explotación de la tierra en busca del petróleo en América del Norte.
En Canadá, hasta hace no más de 50 años, el norte de la provincia de Alberta fue visitado por buscadores de petróleo, junto al río Athabasca que baña las tierras del norte de Alberta. Uno de los principales pulmones de Canadá, ahora sufre de un cáncer que parece terminal, pues crece al ritmo insaciable del hambre energético estadounidense.
Esta región producía hasta 2008 tres millones de barriles de petróleo diarios, pero, los Estados Unidos consumen 20 millones de barriles diariamente. El hambre energética demanda de Canadá para 2015 -según previsiones de la Asociación de productores de Petróleo de Canadá- más de 15 millones de barriles diarios.
A partir del año 2003, aumentaron las empresas que extraen petróleo de la tierra que está bajo los bosques, en una superficie tan grande como Uruguay, (170 mil kilómetros cuadrados).
Lo llaman petróleo sucio, pues para su extracción se requiere del consumo de recursos naturales en cantidades que por primera vez se pierden en un proyecto tan grande como este. Para la extracción del petróleo talan los bosques y consumen más de 15 millones de litros de agua pura y potable diariamente.
Se necesitan de 3 a 4 barriles de agua pura del río Athabasca para obtener un sólo barril de crudo. Compañías como Suncor o Syncrude, Shell o PetroCanada utilizan energía proveniente del gas para calentar esta agua. Con la energía que se requiere para extraer un barril de crudo, se podría calentar un hogar mediano durante un mes en el invierno de Alberta.
Los más perjudicados en este uso indiscriminado de la naturaleza, además de la flora y la fauna, son los nativos o naciones indígenas, que han habitado desde hace más de 30 mil años el norte de América. En el año 2006, el doctor John O´connor, que atendía a las comunidades indígenas, regadas por el río Athabasca, diagnosticó extraños casos de cáncer entre la población de Fort McKay y Fort Chipewyan. Los casos representaron un índice mayor, muy por encima de la media en el resto de las provincias canadienses.
El gobierno de la provincia, al igual que el canadiense, restó crédito a los resultados del doctor O´Connor, iniciando una nueva investigación que dictaminó que los niveles de cáncer presentados en la región se encontraban dentro de los parámetros del resto del país, restando credibilidad a los resultados de O´Connor.
Hasta septiembre de 2009, han seguido muriendo nativos del norte canadiense. El gobierno de este país ha solicitado que se realicen investigaciones sobre las causas de estos decesos en la región bañada por el río Athabasca.
Los resultados de los estudios han llevado a algunas empresas a presentar proyectos para almacenar de forma segura el agua contaminada que se filtra a través de la tierra, ya que estos depósitos se encuentran adyacentes al río que empapa los bosques en donde habitan las comunidades indígenas que anteriormente comían y bebían del río.
La economía de la Provincia de Alberta no había vivido este boom económico que le ofrece la extracción de petróleo del lodo o bitumen, que se encuentra debajo de los bosques del norte. El boom se ha vuelto una catástrofe ambiental que a juicio de expertos tomará siglos en recuperarse. Han devastado superficies de bosques boreales virgénes. Una sexta parte del agua pura de Canadá se está contaminando día a día. El agua que antes era pura ahora no es potable y ni siquiera se pueden introducir los animales en ella.
Los estudios realizados confirman que un 10% de los peces de la región presentan cáncer en la piel y han declarado peligrosa las aguas del rio Athabasca para la salud de los pobladores, principalmente indígenas que hasta hace poco tiempo no fueron consultados en la aprobación de los proyectos de explotación de petróleo por las compañias extranjeras. Más de una tercera parte de ese petróleo irá al mercado del sur, en los Estados Unidos.
Por Mario Peralta y Diana Suárez